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sábado, febrero 04, 2006
Yo tengo un método infalible para encontrar mujeres acomplejadas e inseguras, las cuales, son las que más fácilmente se pueden humillar.
Me dedicó a tirar dardos al aire; las inteligentes, las que asumen su igualdad o algunas más atrevidas su supremacía respecto al hombre, simplemente los ignoran y esbozan una sonrisa al verlos pasar. Sin embargo las otras, las tontas e inseguras, se sienten aludidas e irremediablemente se cruzan en el camino de alguno de los dardos y tratan de aliviar el dolor provocado por el pinchazo con argumentos sosos e insulsos. Pobres diablas, no saben que ellas son precisamente la presa que ando buscando. Al escuchar el primer quejido y al olfatear la sangre a la distancia inmediatamente se me erecta, me pongo mi mascara de gas y me preparo para la contienda, afilo mis armas con las cuales cerceno el mediocre ego del rival y mientras lo hago se que voy a ganar. Me encanta aprovecharme de las vulnerables, me encanta aprovecharme de aquellas que con su guerra sólo hacen más notoria mi supremacía.
Nunca me he enfrentado a una verdadera feminista, ellas, las verdaderas, me consideran un estúpido al igual que las falsas, la única diferencia es que nunca pierden el tiempo conmigo, porque de antemano saben que mis argumentos fácilmente pueden ser refutados, son inteligentes y no malgastan el tiempo con un sucio pervertido que disfruta de imaginarlas a cuatro patas mientras hablan. Bah! Ellas se lo pierden, pero mientras sigan existiendo esas, a las que les gusta atravesarse en mis dardos, yo me seguiré divirtiendo. Y si algún día me encuentro con una verdadera que me haga trizas y me cambie la oración por pasiva al menos tendré el consuelo de que mi mente puede crear la imagen de su chocho siendo penetrado.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que algunos hombres también gustan de atravesarse en el camino de mis dardos, a esos simplemente los ignoro por imbéciles, aparte eso de las acciones sodomitas nunca me ha interesado.
El pene es la espada y la vagina la herida.
Lo que no saben las pobres diablas es que lo que las mata no es la espada sino la herida.
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